Hoy la Iglesia conciliar eleva a los altares a Fulton Sheen, el obispo de la capa magna y la Hora Santa. Su autobiografía, publicada tras su muerte, dice que «Cristo se esconde en todas las religiones del mundo», que la misión no es llevar a Cristo a los pueblos sino «sacarlo de ellos», y que el buen hindú y el buen musulmán se salvan «a través de sus sacramentos, sus oraciones, su ascetismo». Es la contradictoria, término por término, de la bula *Cantate Domino* del Concilio de Florencia.
En Rochester entró en la sinagoga con kipá y afirmó que allí «Dios es adorado por derecho»; en Nueva York asistió al servicio del sábado y predicó desde el púlpito judío; integró su seminario con una facultad bautista; y ante William Buckley sostuvo que negar la divinidad de Cristo «no sería excomulgable».
No se torció en 1965: desde 1951 había dejado de predicar la doctrina. Por eso es el patrono de la línea media: devociones de siempre por fuera y Vaticano II por dentro.
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