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'Vida Nueva' y el hombre viejo

Vida Nueva y el hombre viejo

Bruno, el 13.07.16 a las 1:01 AM


Una de las cosas más desagradables de los (malos) políticos es su tendencia a utilizar un doble lenguaje: decir una cosa cuando en realidad quieren decir la contraria, elogiar en apariencia a quien hacen todo lo posible por destruir, prometer lo que no tienen ninguna intención de cumplir y usar palabras bonitas para enmascarar los desastres que muchas veces ellos mismos han contribuido a producir. No es extraño que la opinión de los españoles (y, en general, de todo el mundo) sobre los políticos sea pésima.

Si esta tendencia es deplorable en los políticos, que algunos eclesiásticos actúen así resulta aún más injustificable. Cuando algunos siervos de Aquel que es la Verdad utilizan un lenguaje destinado a ocultar esa Verdad, a insinuar en lugar de decir con claridad y a socavar la enseñanza de la Iglesia sin que se note demasiado, es difícil no pensar en sal que se ha vuelto sosa y que sólo sirve para tirarla y que la gente la pisotee.

Siento el tono tristón, pero no he podido evitarlo tras leer el Editorial que ha publicado la revista Vida Nueva sobre el último documento de la Conferencia Episcopal Española, la instrucción pastoral “Jesucristo, salvador del hombre y esperanza del mundo”, en la que los obispos españoles recuerdan la fe católica acerca de Cristo y rechazan los errores más extendidos en España sobre el tema.

Comienza Vida Nueva criticando el lenguaje del documento y que “se revela complejo para responder a los fines apostólicos de una instrucción”. Es comprensible que algo así se critique. La claridad siempre es deseable, aunque también es cierto que hay cuestiones complicadas que requieren explicaciones y matizaciones prolongadas, sobre todo para refutar errores sutiles e insidiosos.

Basta leer a San Pablo para darse cuenta de ello. A pesar de la dificultad de algunas de las cartas paulinas, dudo que Vida Nueva se atreviera a decir que el lenguaje del Apóstol no respondía a los “fines apostólicos” de su misión, ya que no resultaba “accesible para sus destinatarios”.

En cualquier caso, la crítica de la complejidad de la instrucción por parte de la revista no es más que un precalentamiento, así que vamos a pasar a “otras preocupaciones de fondo” que el documento provoca en Vida Nueva.

Aparentemente, no les gustan “los temas abordados y su perspectiva”. En un claro ejercicio de doble lenguaje, esos temas abordados no se detallan, quizá porque hacerlo sería demasiado revelador. Veamos el índice del documento: “I. Jesús, Hijo de Dios encarnado, revelador del origen y destino del ser humano. II. Jesucristo revela la verdad de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. III. Jesucristo, Salvador universal. IV. El encuentro con Jesucristo Redentor, principio de renovación de la vida cristiana y meta del anuncio evangélico”. Dudo que se pueda reprochar a estos temas algo que no sea su carácter claramente católico, el cual, comprensiblemente, resultará demasiado poco secularizado para los defensores de un cristianismo vergonzante y rendido a las exigencias del mundo.



En ese contexto, el Editorial afirma que “echa en falta un retrato poliédrico del Redentor, por ejemplo, a la manera de Benedicto XVI en su trilogía, que expone argumentos en profundidad para un preciso conocimiento del Hijo de Dios desde una redacción accesible a todos”. Uno pensaría que es una maravilla que se cite a Benedicto XVI, hasta que se da cuenta de que esa mención es uno de los ejemplos de doble lenguaje de los que hablábamos: se menciona a Benedicto XVI única y exclusivamente para desautorizar a los obispos. El texto citado de Benedicto XVI es un texto exegético-teológico, escrito como teólogo privado y no como Papa, es decir, un texto no magisterial y que, por lo tanto, tiene otras preocupaciones, otro lenguaje y un planteamiento como algo que se propone y no que se enseña.

Este enfoque, que es muy apropiado para un texto teológico, no sería apropiado en un texto magisterial… tal como claramente muestran los textos magisteriales de Benedicto XVI y sus textos como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que son muy diferentes (y que cita repetidas veces el mismo documento episcopal criticado por la revista).

También critica Vida Nueva que “en la instrucción publicada, se dibuja al Salvador por contraposición a las “desviaciones” del dogma de Cristo, a través de un repaso a las visiones erróneas ya condenadas aquí y en Roma, como el reduccionismo histórico, la cristología adopcionista y arriana…”. Observemos cómo la revista parece ser incapaz de decir “enseñanza de la Iglesia” y, cuando se refiere a ella, elige expresiones negativas, como “condenas” realizadas “aquí y en Roma”. En otro Editorial de diciembre se caía en lo mismo, esperando que el futuro documento reflejara una “Iglesia madura alejada del pensamiento único y liberada de hipotecas condenatorias del pasado”. De forma insidiosa, en vez de hablar de doctrina católica se prefiere la expresión “pensamiento único” y en lugar de referirse a los dogmas infalibles de la Iglesia y la misión del Magisterio de advertir sobre el error se habla de “hipotecas condenatorias del pasado”. Si esto no es, a la vez, pésimo periodismo y pésimo sentido católico, no sé lo que es.

El párrafo siguiente del Editorial resulta verdaderamente increíble:

“La relevancia dada a estos puntos puede dar la sensación de que el común de los cristianos vive en una amenaza constante de concepciones subjetivistas y relativistas de la fe, algo que no parece percibirse en el día a día de parroquias, comunidades y movimientos”.

¿Vida Nueva se sorprende de que los obispos den relevancia al hecho de que algunos teólogos y fieles tengan tendencias arrianas, es decir, en realidad no crean en la divinidad de Cristo? ¿A qué van a dar relevancia entonces? No sé qué pensará Vida Nueva de San Juan y la relevancia que daba insistentemente a ese mismo tema:Todo aquel que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios (1Jn 4,15) pero ¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ese es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre. (1Jn 2,22-23). ¿Será que el Discípulo Amado estaba atado por las “hipotecas condenatorias del pasado” y vivía inmerso en el “pensamiento único”?



Por otra parte, la afirmación de Vida Nueva resulta especialmente asombrosa después de haberse quejado dos párrafos más arriba de que la instrucción no invitaba a “encontrar una semblanza de Jesucristo”. Digo yo (y diría cualquiera no contagiado por el virus del doble lenguaje) que una semblanza de Jesucristo, para no ser incompleta, tendrá que incluir el pequeño detalle de que se trata de Dios encarnado y, a semejanza de San Juan, deberá advertir a cualquiera que lo niegue (aunque sea un teólogo) que la triste verdad es que no conoce ni al Padre ni al Hijo.

En cuanto al resto del párrafo, es inevitable pensar que o bien el autor no ha visitado en su vida una parroquia o bien está completamente ciego (y, como dice el Evangelio, ya sabemos lo que pasa cuando un ciego guía a otro ciego), porque si hay un hecho objetivo evidente es que los católicos españoles tienden a las “concepciones subjetivistas y relativistas de la fe”. Basta hablar dos minutos con prácticamente cualquier católico a la salida de Misa, para darse cuenta de que una gran mayoría tiene opiniones casi indistinguibles de las del Mundo relativista: votan a partidos abortistas, apoyan los experimentos contrarios a la ley natural, consideran a Cristo como un mero profeta o revolucionario, reducen el cristianismo a ser buena persona, están contentos de ser católicos siempre que no les toquen el bolsillo y piensan que todas las religiones son igualmente verdaderas.

Curiosamente, aquí ya no se cita a Benedicto XVI, que dedicó en buena parte su pontificado a luchar contra el relativismo, ni mucho menos a San Juan Pablo II, que combatió el subjetivismo en la encíclica Veritatis Splendor. ¿Será que la cita anterior de Benedicto sólo era una excusa?

A continuación, Vida Nueva cita a otro Papa, esta vez el actual, pero de nuevo de forma maliciosa: “como apunta el Papa, urge ‘guardarnos de una teología que se agota en la disputa académica o que contempla la humanidad desde un castillo de cristal’”. Esta cita sólo se usa para beneficiarse del prestigio papal sin tener en cuenta en lo más mínimo lo que dice el Papa. Si analizamos la cita, veremos inmediatamente que, si hay alguien que contempla la humanidad “desde un castillo de cristal”, es el autor del Editorial de Vida Nueva. ¿Qué otra persona afirmaría sin ruborizarse que el subjetivismo y el relativismo son desconocidos entre los católicos españoles? Es difícil imaginarse alguien que viva más lejos de la realidad. También conviene señalar que, una vez más, Vida Nueva es incapaz de hablar positivamente de la enseñanza de la Iglesia que nos ofrecen los obispos y la asimila a la mera “disputa académica” de la que hablaba el Papa, como si el hecho de que Cristo es Dios, la única Verdad y la Luz del mundo fuera una mera cuestión para los estudiosos. A otro perro con ese hueso.

Asimismo, el Editorial critica las menciones de algunos de los errores cristológicos más extendidos en España, junto con algunos teólogos que los han difundido, como Queiruga. Según Vida Nueva, estas menciones no van “en la línea de Francisco” de promover “el diálogo constructivo, respetuoso y paciente con los autores”.



El diálogo, como tantas veces señaló Benedicto XVI, sólo es posible sobre el fundamento de la Verdad. No existe otro cimiento para un diálogo fructífero. Por lo tanto, el diálogo entre católicos forzosamente implica aceptar la enseñanza de la fe católica, que está encomendada de modo especial a los obispos. Recordar esa enseñanza como presupuesto insustituible (junto con el rechazo de los errores contrarios y sus defensores) no sólo no impide el diálogo, sino que es necesario para hacerlo posible. Tampoco aquí, sin embargo, se cita a Benedicto XVI, quizá porque varias de esas “menciones” de teólogos equivocados criticadas por Vida Nueva (como Roger Haight y Jacques Dupuis) corresponden a citas del cardenal Joseph Ratzinger como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

No podía faltar, por supuesto, una apelación demagógica a los pobres: “esta actitud defensiva dista también del tono de la actual hoja de ruta del Episcopado Iglesia, servidora de los pobres”. Cualquier católico sabe que una parte fundamental del servicio a los pobres al que están llamados los obispos consiste en defender a esos pobres fieles de los lobos que amenazan el rebaño y que los extravían lejos de la fe de la Iglesia. En cualquier caso, la finalidad de esta frase parece residir en la introducción de la palabra “tono”, que es una de las preferidas del doble lenguaje, porque resulta ideal para insinuar en la penumbra, sin descender nunca al campo de los argumentos y de la verdad. La luz brilló en la tiniebla y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz.

El párrafo siguiente es, cuando menos, sorprendente:

“Nadie cuestiona la necesidad de alertar de los peligros y reivindicar la unidad y la integridad de la fe, como se hace al abordar la virginidad de María o la Resurrección. Es más, resulta indiscutible esta misión de los obispos y de Doctrina de la Fe, como un delicado, difícil y poco grato servicio al Pueblo de Dios”.



Después de leer los textos precedentes, habrá que decir más bien que nadie cuestiona esa necesidad… excepto este mismo Editorial y los anteriores sobre el mismo tema de Vida Nueva, que han criticado las “condenas”, las “hipotecas condenatorias del pasado”, el “pensamiento único” contrario a una “Iglesia madura”, la “actitud defensiva” de la doctrina de la Iglesia y en general los temas del documento episcopal (que son los fundamentales de la enseñanza católica), a la vez que elogian incesantemente a los teólogos corregidos por ese Magisterio de los obispos, como Queiruga o Pagola (de hecho, la propia revista sugiere como lecturas relacionadas con el Editorial un artículo de cada uno de esos teólogos). Es difícil interpretar este párrafo como algo que no sea un pobre intento de dar una de cal y otra de arena, para mantener una apariencia de moderación que, sin embargo, es refutada por los hechos. Obras son amores y no buenas razones.

El último párrafo pone el broche final al relativismo y subjetivismo del que Vida Nueva se ha constituido en abanderada:

“Pero cabe preguntarse si no ha sido esta una ocasión perdida para […] responder a la pregunta fundamental para cualquier católico, que no aparece en esta instrucción sobre Jesucristo: ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’”.

Como ya mostramos en un artículo anterior, ese pasaje evangélico enseña de forma clara y directa que la respuesta adecuada a esa pregunta es la fe de la Iglesia proclamada por Pedro y no las opiniones personales de cada uno (que, según el Evangelio, son las que se equivocan: unos dicen que Elías, otros que Juan Bautista, otros Jeremías o unos de los profetas…). Por lo tanto, los obispos, al recordar la fe de la Iglesia sobre Jesucristo lo que han hecho es precisamente poner en práctica lo que pide ese texto del Evangelio. En cambio, Vida Nueva, con su crítica de esa enseñanza eclesial de los obispos, se pone de lleno en el campo de los que prefieren su propia opinión, sus ideas preconcebidas, “su” verdad relativista, que acaba en el Jesús de Queiruga, en el Jesús de Pagola, el Jesús de Haight, el Jesús de Dupuis y un largo etcétera, todos ellos ajenos al verdadero Cristo, proclamado por la Iglesia.



Vida Nueva pretende dar la imagen de revista moderada, si bien resulta bastante claro que esa moderación, en realidad, consiste en utilizar un doble lenguaje que le permita dejar de lado todo lo que le resulte incómodo o pasado de moda en la enseñanza de la Iglesia y el magisterio de los obispos, pero sin perder su estatus eclesial. La equidistancia de la que hace gala parece, más bien, una equidistancia imposible entre la verdad y el error, la doctrina católica y el relativismo, la luz y las tinieblas, el Mundo y el Reino de Dios.

En eso precisamente radica su (modesto) éxito, ya que esa equidistancia coquetea con los errores del momento y halaga los oídos de quienes caen en ellos y no soportan la verdad.

En ese sentido, me temo que el doble lenguaje llega al propio título de la revista, porque, en vez de proclamar la vida nueva que nos ha traído Cristo, se afana en repetir las cansadas ocurrencias del hombre viejo, que piensa como el Mundo, actúa como el Mundo y, como ese mismo Mundo, se muere por falta de Cristo.

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